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LOS PAPALAGI

Samoa

     Aquí tenemos un curioso ejemplo de lo que significa verse desde los "ojos culturales" de otros. Todos quedamos un poco sorprendidos -pese a la sonrisa de suficiencia que se nos escapa- con estas observaciones y valoraciones. Inevitablemente, la visión de los otros nos hace pensar en nosotros mismos. Tuavii de Tiavea (jefe samoano) describe a su manera conductas y actitudes "civilizadas" de los ondividuos de una sociedad europea o industrializada (los llamados "Papalagi"). En este caso se trata de nuestro concepto del tiempo.

    Los papalagi (...) sienten pasión por una cosa que no podeis comprender y que, sin embargo, existe: el tiempo. Se lo toman muy en serio y dicen muchas tonterías sobre él. A pesar de que nunca habrá más tiempo entre el alba y el ocaso, esto no les resulta suficiente.

    Los papalagi nunca están satisfechos con su tiempo y culpan al Gran Espíritu por no darles más. Sí, difaman a Dios y a su gran sabiduría dividiendo cada nuevo día en un complejo patrón, y lo cortan a trozos, de la misma forma que nosotros cortamos el interior de un coco con el machete. Cada parte tiene su nombre. Son denominadas segundos, minutos u horas. Todos juntos, sin embargo, forman una hora. Para hacer una hora, necesitas sesenta minutos y muchos, muchos segundos.

    Es ésta una historia increíblemente confusa de la que yo mismo no he entendido aún los puntos más sutiles porque es difícil para mí estudiar esa tontería más de lo necesario. Pero los papalagi le atribuyen mucha importancia. Hombres y mujeres e incluso niños demasiado pequeños para caminar, llevan una máquina pequeña, plana y redonda bajo sus vestidos, atada a una cadena de metal pesado, colgada alrededor del cuello o la muñeca, una máquina que les dice la hora. Leerla no es fácil. Se lo enseñan acercándoles la máquina a las orejas para despertarles la curiosidad.

   Estas máquinas son tan ligeras que pueden levantarse con los dedos y llevan una maquinaria dentro de los estómagos, como los grandes barcos que vosotros conoceis. Hay también grandes máquinas del tiempo sobre el suelo dentro de las cabañas o colgando de una gran casa para resultar más visibles. Ahora bien, cuando una parte del tiempo ha pasado, queda indicado por dos pequeños dedos sobre la cara de la máquina y entonces grita y un espíritu hace chocar el hierro en su interior. Cuando en una ciudad europea ha pasado una parte del tiempo, explota un espantoso y clamoroso estrépito. Cuando este ruido del tiempo pasa, los papalagi se lamentan: "¡Terrible, otra hora se ha esfumado!" y, entonces, como norma, ponen una cara sombría, como la de alguien que  vive una gran tragedia. Sorprendente, porque inmediatamente después comienza una nueva hora.

   Nunca he podido comprender esto pero creo que debe ser una enfermedad. Lamentos comunes entre la gente blanca son: el tiempo se desvanece como el humo, o el tiempo corre, dame un poco más de tiempo. He dicho que es una enfermedad porque cuando el hombre blanco desea hacer alguna cosa, cuando por ejemplo su corazón desea caminar al sol o navegar en un bote por el río, o hacer el amor con su amiga, frecuentemente se priva de la alegría porque es incapaz de encontrar el tiempo. Nombrará miles de cosas que se llevan su tiempo. Malhumorado y balbuceando soportará un trabajo que no tiene ganas de hacer, que no le proporciona placer y al que nadie le obliga si no él. Y, cuando, de súbito, descubre que de hecho sí que tiene tiempo o los otros se lo dan -los papalagi se dan con frecuencia tiempo unos a otros y ningún regalo es más precioso que éste- entonces descubre que no sabe qué hacer durante este tiempo en particular o que se encuentra demasiado cansado de su trabajo sin alegría. Y siempre está dispuesto a hacer  cosas mañana porque hoy no tiene tiempo. Algunos papalagi dicen que nunca tienen tiempo. Caminan poseídos como si estuvieran presos de un aitu y en cualquier lugar que aparezcan provocan desastres, porque han perdido el tiempo. Estar poseído es una terrible enfermedad que la medicina del hombre no puede curar y que contagia a muchos otros y los vuelve profundamente infelices.

   En Europa hay poca gente que tenga realmente tiempo. Tal vez nadie. Por eso la gente corre por la vida como una piedra lanzada. La mayoría camina mirando al suelo y balancean los brazos para llevar mejor el paso. Cuando alguien los para, lo reprenden malhumorados diciendo: "¿Por qué me has parado?, no tengo tiempo, mejor utiliza bien tu tiempo". Parece que piensen que un hombre que camina rápido es más valiente que otro que lo hace poco a poco.

   Una vez vi la cabeza de un hombre a punto de estallar, vi sus ojos girar sobre sí mismos y su garganta que se ensanchaba, abierta como la de un pez moribundo, y cómo movía los brazos y gritaba sólo porque su criado había llegado un poco más tarde de lo que le había prometido. Se suponía que éste respiro era una pérdida considerable que nunca podría recuperarse. El criado tuvo que abandonar la cabaña, el papalagi lo perseguía reprendiéndole "¡Ya está bien, me has robado mucho tiempo! Un hombre que no respeta el tiempo es una pérdida de tiempo".

   En otra ocasión vi un papalagi que tenía tiempo. Este hombre, sin embargo, era pobre, sucio y despreciado. La gente pasaba a su lado y lo ignoraba. No entendí eso, porque su paso era lento y seguro y los ojos parecían tranquilos y amistosos. Cuando le pregunté cómo se había producido eso, movió la cabeza y dijo tristemente: "Nunca he sido capaz de utilizar bien mi tiempo, por eso ahora soy pobre". Este hombre tenía tiempo, pero no era feliz.

   Con todas sus fuerzas y todas sus ideas, los papalagi intentan ampliar el tiempo tanto como pueden. Ponen ruedas de hierro bajo sus pies y dan alas a sus palabras, sólo por ganar tiempo ¿Y para qué sirve todo este trabajo y todos estos problemas? ¿Qué hacen los papalagi con su tiempo? No he recogido nunca suficientes datos, pero según sus palabras y sus gestos se diría que están invitados personalmente por el mismo Gran Espíritu a un gran fórum.

   Creo que el tiempo se les escurre de las manos como una serpiente deslizándose por una mano húmeda, sólo porque tratan de aferrarse a él. No dejan que el tiempo venga a ellos, sino que corren detrás con las manos abiertas. No se permiten malgastar el tiempo tumbados al sol. Siempre quieren mantenerlo en sus brazos, hacerle y dedicarle canciones e historias. Pero el tiempo es tranquilidad y paz amorosa, gozo de descansar y de yacer imperturbable en una alfombra. Los papalagi no han entendido el tiempo y, por consiguiente, lo han maltratado con sus prácticas bárbaras.

   ¡Oh, estimados hermanos!, nosotros nunca nos hemos lamentado del tiempo, lo hemos apreciado como es, nunca lo hemos perseguido o cortado a trozos. Nunca nos ha dado preocupación o pesar. Si hay alguno entre vosotros que no tiene tiempo ¡dejadle que hable! Nosotros tenemos tiempo en abundancia, siempre estamos satisfechos con el tiempo que tenemos, no pedimos más del que hay y siempre tenemos suficiente. Sabemos que conseguiremos nuestros objetivos a tiempo y que el Gran Espíritu nos llamará cuando entienda que es nuestro final, incluso si no sabemos la cantidad de lunas gastadas. Nosotros hemos de liberar al engañado papalagi de sus desilusiones y devolverle el tiempo. Cojamos sus pequeñas y redondas máquinas del tiempo, pisémoslas y digámosles que hay más tiempo entre el alba y el ocaso del que un hombre normal puede gastar".