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Presentamos en este apartado un resumen del capítulo 3º del libro PARA RAROS, NOSOTROS de Paul Bohannan en el que se revisan muchos de los malentendidos más frecuentes con los que nos encontramos al abordar el tema de la sexualidad, el género y la reproducción desde nuestras propias premisas culturales. El análisis de nuestros propios presupuestos nos ayuda a comprender otros planteamientos culturales.

PROPOSICIONES Y PREMISAS:

• Puesto que los seres humanos son mamíferos, cada individuo es macho o hembra. Muchas características, además de la reproducción, se derivan de este hecho.

• El impulso sexual está «culturizado» entre los seres humanos, de manera que las prácticas sexuales resultantes, y especialmente las valoraciones de las mismas, varían.

• El género es cualquier forma cultural de asignar prerrogativas y tareas a un sexo o al otro y de comprender e institucionalizar las similitudes y diferencias entre macho y hembra. El género es un asunto cultural que puede estar asociado o no con la biología.

• La identidad sexual es diferente, y se reconoce antes (aproximadamente al final del primer año de vida) que la identidad de género (hacia los cuatro o incluso cinco años).

• Las mujeres son en todas partes el «género de respaldo»: hacen los trabajos que de otra forma no se harían.

• El sexismo (que más correctamente habría que denominar generismo) supone la introducción de un sistema de poder para colocar en desventaja a un sexo sobre otro, generalmente a las mujeres.

 

La reproducción, desde el punto de vista de la especie, es la meta más importante para cualquier animal: la supervivencia de la espe ¡e depende de la producción de nuevas generaciones. Para los seres humanos, se añade una segunda meta. Para que la humanidad sobreviva, debe sobrevivir la cultura. Para que la cultura sobreviva, debe ser constantemente renovada, reinventada y enseñada a las nuevas generaciones. La especie humana depende de la cultura como medio primario de adaptación a situaciones ambientales cambiantes, estrategia primaria de supervivencia. Así, para los seres huma nos, las contribuciones culturales a la siguiente generación pueden ser tan importantes como las contribuciones genéticas.

En todos los mamíferos, la contribución de la hembra a la reproducción requiere más tiempo y esfuerzo que la del macho. No sólo el feto se desarrolla dentro M cuerpo de la madre, sino que también puede ser alimentado a sus pechos durante meses o incluso años. Un mamífero macho puede procrear literalmente docenas o cientos de descendientes mientras que la hembra está ocupada con uno solo. Este hecho tiñe las vidas y estrategias reproductivas de los machos y hembras humanos tanto como las de los demás mamíferos. También tiñe las estrategias culturales de ambos sexos, aunque los antropólogos apenas han comenzado a examinarlas.

La disparidad de la cantidad de tiempo y energía requerida para la reproducción, al menos en culturas complejas, puede causar conflictos. Las consecuencias de la reproducción diferentes para machos y hembras. Hombres y mujeres tic metas similares a la hora de construir una vida plena, pero condicionamientos genéticos a veces interfieren en sus planes

Existen al menos dos aspectos en la reproducción. Uno es la procreación: los procesos biológicos de concepción y parto de la siguiente generación. El otro es la crianza del hijo hasta que alcanza la edad adulta para poder a su vez reproducirse. Entre los seres humanos, esto significa enculturación (proporcionar las condiciones en las que una persona joven puede adquirir cultura). Puesto que un bebé aprende cultura desde el momento en que nace, las lecciones culturales tempranas provienen en primer lugar de las mujeres, generalmente de las madres. Tanto en el proceso biológico como en el
cultural, la hembra es generalmente responsable del niño durante períodos de tiempo más largos que el macho El papel de las mujeres en la -reproducción es central. Es tan centralque los hombres en algunas sociedades, particularmente en Sudamérica y Nueva Guinea, han tratado de usurpar, al
menos simbólicamente, el papel femenino en la reproducción. Veremos estos intentos más adelante.
Hay cuestiones de vital importancia para todo grupo human- no que pueden ser culturizadas de diferentes formas. Examinaremos: (1) la variedad cultural de las actitudes hacia la sexualidad (2) las ideas culturales acerca de las contribuciones de as actividades sexuales no reproductoras, y (4) el sexismo (la relación entre género y poder).

 

SEXUALIDAD

La sexualidad tiene una inmensa capacidad para integrar la sociedad, y también una inmensa capacidad para desordenarla. El hecho de que casi todo el mundo la practica no significa que tengan (o tengamos) grandes conocimientos sobre ella. Es igual que el hecho de que no haya que entender los principios del motor de combustión interna para ser capaz de conducir un coche. El tema de la sexualidad está tan culturalmente sobrecargado que es muy difícil pensar con claridad él.

Un primer paso en la compleja tarea de comprender la sexualidad es diferenciar en ella cuatro facetas distintas pero relacionadas.

 

Diferenciar entre estos temas es el primer requisito para clarificar nuestro pensamiento.
En primer lugar hay que distinguir el sexo (biológico) del género (cultural); durante mucho tiempo, los occidentales no han tenido claro este asunto, en parte porque no hemos tenido en consideración que el sexo es solamente uno de los muchos criterios para definir el género.
En segundo lugar hay que distinguir el sexo (lo que eres) de la sexualidad (lo que haces). La sexualidad incluye tanto tus opiniones sobre lo que haces como las opiniones de otras personas. El género debe diferenciarse de la sexualidad. Cualquier idea cultural del género limita y dirige el posible comportamiento sexual que hombres y mujeres eligen en sus relaciones sexuales.
En tercer lugar la sexualidad debe ser diferenciada de la procreación de descendientes- y de la reproducción, que incluye la procreación y las formas culturales de garantizar una nueva generación. El coito -penetración de un pene en una vagina- es la única técnica de la sexualidad que puede dar lugar a la reproducción. Por esta razón, ha sido la expresión abrumadoramente privilegiada de la sexualidad en la ley, la costumbre y la religión. Sin embargo, no es en modo alguno la única expresión común de la sexualidad. Para el individuo, la sexualidad afecta a asuntos como la formación y mantenimiento de una buena autoimagen y a muchos aspectos del comportamiento relacionados con cuestiones de poder o de falta de él, como veremos más adelante. Los antropólogos que están interesados en la reproducción estudian un amplio abanico de comportamientos. La sexualidad y la procreación forman parte de la gama de comportamiento reproductivo; otros aspectos incluyen el hogar y la protección y enculturación de los jóvenes.

 

Actitudes frente a la sexualidad

Entre los seres humanos, la sexualidad no incluye solamente la reproducción, sino también amor, parentesco, poder, culpa, alegría, diversión y buenos ratos, tristeza y malos momentos, y actitudes hacia uno mismo y hacia los demás.
La sexualidad está profundamente culturizada. De hecho, para los seres humanos no existe una -forma no culturizada expresar o desempeñar su sexualidad. La sexualidad es una serie de actividades estructuradas, y hay que aprender la estructura y el comportamiento. La sexualidad puede «suceder de forma natural», pero no hay actos sexuales que puedanrealizados de forma no cultural. Como toda cultura, tiene ser aprendida, y puede variar enormemente de un lugar a otro. En algunos lugares, la gente aprende que es normal hacer el amor tres o más veces al día. En otros, la actividad sexual un acontecimiento raro. En algunos lugares, a la gente se enseña que para ser fuertes, los hombres jóvenes deben tener sus primeras experiencias sexuales con hombres mayores. Los actos sexuales efectivos que los seres humanos pueden realizar
quizá sean limitados, pero la forma en que la gente puede ver estos actos y dar preferencia a unos sobre otros no parece serlo.

 

Culturas sexualmente positivas y sexualmente negativas

Algunas sociedades adoptan una visión negativa de la sexualidad mientras que otras adoptan una positiva. Todavía no se ha encontrado ninguna sociedad en la que no exista ningún tipo de ansiedad respecto de la sexualidad. Algunas sociedades son descritas como permisivas, y otras como estrictas o controladoras, pero estas diferencias están tan simplificadas que son casi inútiles. Todas las sociedades controlan la sexualidad en el sentido de que ninguna garantiza la legitimidad de cualquier posible acto sexual. La nuestra ha sido tradicionalmente lo que se ha dado en llamar una cultura sexual-negativa (para mantener las diferenciaciones realizadas anteriormente, el término correcto, aunque algo chapucero, sería sexualmente negativas). En la cumbre de la fase negativa, la sexualidad se expresaría solamente al servicio de la procreación, y la asociación de las dos se consideraría desafortunada En otras palabras, algunos autodenominados moralistas consideran desagradable que la sexualidad esté relacionada con la creación de descendencia. Durante el siglo veinte, las actitudes comenzaron a suavizarse, y se fue relajando el control. Todavía está por saber si aún somos una cultura sexualmente negativa.

Las ideas euroamericanas sobre la naturaleza de la mujer cambiaron completamente entre los siglos XVII y XIX. La caracterización del siglo XVII como el «sexo lujurioso> fue lentamente revisada. En el siglo XIX, las nuevas posturas asignaban a las mujeres el papel de sexo poco apasionado. Durante el mismo período, la sexualidad masculina fue percibida como un peligro para la salud del hombre. Fue condenada la masturbación y se dijo que llevaba a la locura; se decía que la sexualidad «excesiva» debilitaba al hombre y en último extremo lo mataba.

Sin duda, la sexualidad se expresa con más libertad en unas sociedades que en otras. La sociedad más restrictiva conocida en la literatura etnográfica es una comunidad llamada Inis Beag (no es el nombre auténtico) en las islas al oeste de Irlanda (estudiada durante un total de dieciocho meses entre 1958 y 1966). La población en aquella época era de unas trescientas cincuenta personas,  distribuidas en cuatro aldeas con un total de setenta y una cabañas. Los hombres era más activos socialmente. Las mujeres dejaban sus cabañas sólo para ir a la iglesia, los funerales y los velatorios, o para visitar ocasionalmente a sus parientes. Los isleños carecían de conocimientos sexuales y nunca hablaban de sexo. Decían que después del matrimonio «la naturaleza sigue su curso», y añadían que por lo tanto no era necesaria una educación sexual. Estos isleños irlandeses dijeron a los etnógrafos que los hombres eran más libidinosos que las mujeres; una mujer dijo que «los hombres pueden esperar mucho tiempo por "eso", pero nosotras podemos esperar mucho más». Las mujeres decían que el sexo era un deber que había que tolerar. El orgasmo femenino era aparentemente desconocido. Los hombres decían que el coito debilitaba, y lo evitaban antes de realizar cualquier trabajo que requiriese esfuerzo. Los sexos estaban separados en casi todas las actividades, incluso la iglesia. Los hombres dijeron a los etnógrafos que no se masturbaban porque tendrían que confesárselo al sacerdote. El informe dice que el coito prematrimonial es desconocido. Aborrecen la desnudez; en realidad, no aprenden a nadar porque tendrían que desvestirse. Los niños son bañados cada semana; todos se lavan la cara, el cuello, los antebrazos, las manos, los pies y las piernas (eso es todo). Se cambian de ropa completamente a solas (bajo las mantas si no es posible estar en privado) y duermen con la ropa interior. Se orina y se defeca en secreto. No hay tradición de chistes obscenos. Cuando bailan, nunca se tocan. Los etnógrafos han aportado varias explicaciones de esta represión sexual masiva. Las explicaciones históricas destacan que cuando los irlandeses adoptaron el cristianismo, se adhirieron particularmente a la doctrina sexualmente negativa de San Pablo. Las explicaciones psicológicas se centran en la idea de que las madres irlandesas, que eran la piedra angular de la familia, eran tan dominantes que causaban en los hombres una gran ansiedad ante las mujeres. Ninguna explicación es totalmente convincente.

La represión estaba anclada en (1), las costumbres religiosas, incluyendo la idea, verdadera o no, de que algunos sacerdotes tenían informantes en la comunidad, de manera que podían castigar a los malhechores que no se confesaban, y (2), el temor a las habladurías. La gente intentaba evitar que hablasen de ella no dando a nadie nada que hablar. Todos estaban constantemente en guardia contra las situaciones comprometidas. Este temor a la murmuración era la principal limitación para las actividades femeninas: «Si voy a dar un paseo, se preguntarán por qué no estoy en casa haciendo los quehaceres» (Messenger, 1971). (Hay que recordar que la etnografía de Inis Beag en los cincuenta no representa a toda, y quizá ni siquiera una parte significativa, la cultura irlandesa de los noventa).

En el otro extremo está otro famoso ejemplo, las islas Trobiand de Nueva Guinea, donde los más jóvenes tienen completa libertad sexual hasta que se casan. Los hombres jóvenes agasajan a sus novias en la llamada casa de los solteros, con el conocimiento y la aprobación de la generación adulta. (Mal¡nowski, 1929).

Las actitudes hacia el sexo son tan complejas que uno pronto se da cuenta de que las sociedades no pueden ser clasificadas siguiendo un criterio tan simple como tener una actitud positiva o negativa hacia la sexualidad. A simple vista, el pueblo mehinaku del Brasil central parece acomodarse a la etiqueta de sexualmente positivo. En una pequeña aldea mehinaku había veinte hombres y diecisiete mujeres sexualmente activos. Sólo tres de las mujeres y ningún hombre no eran activos en relaciones extramaritales. Una mujer había tenido relaciones con catorce de los hombres; cuatro mujeres habían tenido cinco. Un hombre había tenido diez relaciones, y la media para los hombres era de 4,4. Estas relaciones extramaritales raramente provocan enfrentamientos. A pesar de todos estos contactos sexuales, los mehinaku experimentaban una gran ansiedad respecto a la sexualidad. Los mehinaku dividen su sociedad en mundo masculino y mundo femenino, que se mantienen separados por el miedo masculino a la contaminación sexual y por la ansiedad de que la sexualidad los pueda hacer enfermar, impida su crecimiento y debilite su competencia como luchadores. Lo que es peor, puede atraer a espíritus peligrosos y limitar su capacidad para cazar y pescar (Gregor, 1985).

La gente de las diferentes sociedades no hace las mismas diferencias sobre lo que está permitido y lo que está prohibido (Broude, 1981).
Clasificar a las sociedades simplemente como positivas o negativas es demasiado simplificador. Una cosa es cierta: no hay sociedad sin un elaborado modelo sobre qué formas de sexualidad están permitidas y cuáles están prohibidas. Las diferencias residen justamente en permite o se restringe.

 

Ideas culturales acerca de la menstruación

La llamada revolución sexual nos proporcionó una considerable libertad para hablar de algunos aspectos de la reproducción. Sin embargo, la menstruación es todavía un tema tabú para muchos occidentales. Aunque es un aspecto físico de la procreación, sus aspectos más interesantes son culturales. Muchas sociedades marcan la menstruación con un especial tratamiento de las mujeres. De hecho, un estudio indica que solamente catorce de setenta y una culturas tribales no tienen tabúes menstruales (Gregor, 1985, citando a Stephens).

En Inis Beag, tanto la menstruación (para la que los isleños no tienen explicación) como la menopausia (que tampoco se puede explicar, pero que, según dicen, puede causar locura) causan ansiedad porque nadie comprende por qué tienen lugar esas funciones físicas. Las mujeres jóvenes no están en absoluto preparadas. Los hombres dicen no saber nada sobre ellos. En Mehinaku, todo el mundo lo sabe, incluso los niños pero las mujeres menstruantes son de todos modos recluidas: el propósito de la reclusión es proteger a los hombres, las medicinas y los símbolos sagrados de la contaminación.

Muchas culturas, como la mehinaku, sostienen que los fluidos menstruales dañan a los hombres, o que también perjudican las cosechas, a los dioses o los sagrados emblemas del grupo. Las mujeres deben ser mantenidas aparte de los hombres durante el período de menstruación y frecuentemente pasan por purificación tras cada período. Investigaciones recientes revelan, sin embargo, que el retiro durante la menstruación frecuentemente es a favor de la mujer, proporcionándole un necesario descanso del duro trabajo que realizan durante el resto tiempo, y ofreciéndole oportunidades especiales para confraternizar con otras mujeres (Buckley y Gottlieb, 1988).

Hay algunas sociedades en el mundo, especialmente Nueva Guinea, en las que los hombres, simbólica o artificialmente, menstrúan. La mayoría lo realizan insertando al instrumento en la uretra para hacer que el pene sangre. muchas de estas mismas sociedades, los hombres también realizan ceremonias de dar a luz simbólicamente. La razón que ofrecen es que tales prácticas hacen a los hombres más importantes en el proceso reproductor.

Aunque en muchas sociedades las mujeres están aisladas durante la menstruación, en otras no lo están. Entre los tiv, he oído a algunos hombres decir a las mujeres durante sus períodos «Goteas». Las mujeres entonces utilizan los dedos de los pies para cubrir con polvo el fluido menstrual caído. La actitud frente a tener relaciones sexuales durante la regla también varia enormemente. Los tiv dicen que está bien, mientras que en otras sociedades hacerlo sería una invitación al desastre y a la muerte

La menstruación es un tema en el que los occidentales actuales no se sienten completamente libres y naturales. La mayoría de los hombres, y un número considerable de mujeres no saben casi nada sobre este proceso y qué se consigue con él.

 

REPRODUCCIÓN

Todos los pueblos tienen ideas y creencias acerca de los procesos de concepción y el crecimiento prenatal, ideas que afectan a su comportamiento y a las experiencias vitales de sus hijos. Las creencias acerca de la concepción van desde la pretensión de los isleños trobiandeses y algunos aborígenes australianos de comienzos de siglo de que los varones no tienen nada que ver con el proceso, hasta la creencia en algunos países islámicos y de África central de que la mujer simplemente proporciona un receptáculo en el que se deposita la semilla del niño completamente formado, pasando por la idea
sostenida por los hua de Nueva Guinea de que el bebé se forma a partir de la coagulación del semen y el fluido menstrual (y cuanto más semen se aporte durante los primeros meses de embarazo mejor crecerá el bebé).  
El estudio de la doctrina de la procreación sostenida por los miembros de cualquier sociedad revela no sólo lo que creen, sino también sus expectativas de comportamiento: cómo creen que deben tratarse durante el proceso. Estas expectativas afectan tanto a la forma en que hacen el amor como a la forma en que legislan sobre los derechos de las mujeres. La gente con frecuencia resume estas doctrinas en términos míticos, pseudocientíficos o científicos. Tanto el mito como la ciencia reflejan las más íntimas actitudes de los pueblos hacia la vida, así como la suma de todos sus conocimientos sobre los niños, tanto antes como después del nacimiento.

Como dijimos antes, los hua creen que los bebés se forman a partir de la mezcla de semen y fluido menstrual. Creen que tras el nacimiento los niños se alimentan de una combinación de leche materna, sangre obtenida de las venas de los padres, sudor y fluidos corporales untados sobre el cuerpo de los niños, y comida (Meigs, 1984). Estas creencias reflejan la noción fundamental de que el cuerpo es una nave vacía que crece, se reproduce, se pone enferma y envejece de forma específica como resultado de las sustancias que recibe y que emite. Su creencia es muy diferente de la idea occidental de que el cuerpo está separado del mundo y lleno de órganos que actúan de forma interna para realizar funciones físicas. (No se trata de que los hua no reconozcan la existencia de órganos internos. Más bien se trata de que los hua consideran la función de los órganos menos importante que los intercambios constantes entre el cuerpo y el mundo exterior).

Hay que recordar que no hace demasiado tiempo que la medicina moderna descubrió los hechos científicos acerca de la procreación. Aunque la gente hace milenios que posee ideas acerca de la función del varón en la procreación, sus discusiones sobre el asunto eran totalmente precientíficas hasta la invención del microscopio. En la Grecia clásica, existían dos puntos de vista. La teoría de la «preformación» consistía en que todas las partes del embrión se formaban simultáneamente, que una cabeza y unos miembros diminutos estaban presentes desde el principio. El poeta romano Séneca decía que todas las características corporales y la personalidad se encontraban presentes desde el primer momento. Las creencias medievales en homunculi (minúsculos seres humanos presentes en el semen) supusieron enormes complicaciones en las leyes matrimoniales y sobre adulterio, especialmente el adulterio de las esposas.
El otro punto de vista era la posición «epigenética»; Aristóteles estimuló esta explicación. Planteaba una serie de diferenciaciones sucesivas similares a las que reconocemos actualmente como fases críticas del desarrollo fetal, cada una de ellas imposible hasta que se completaba la anterior.
Ambos puntos de vista evidentemente presagiaban la información científica, pero eran entre las que oscilaban los occidentales hasta hace muy poco tiempo. Hoy sabemos que los genes proporcionan los bloques de crecimiento propuestos por los preformacionistas, y que los genes también controlan las divisiones sucesivas propuestas por Aristóteles y sus seguidores.
Con el desarrollo del microscopio a mediados del siglo XVII, se descubrió en el semen la existencia del espermatozoide. Anton van Leeuwenhoek, el primero que utilizó un microscopio, insistió primero en que era capaz de ver la cabeza de un homúnculo y un diminuto cuerpo completo en cada espermatozoide. A medida que mejoraron los microscopios, Leeuwenhoek y sus discípulos realizaron dibujos más exactos del esperma de varios animales.
A finales del  XIX se descubrió el óvulo humano a través delmicroscopio. Solamente con el desarrollo de la genética en el siglo XX se comprendió de forma científica el proceso de herencia de las características físicas.
Los antropólogos del siglo XIXy de comienzos del XX estaban fascinados por la idea de que algunos pueblos podían no conocer la relación entre la sexualidad y el embarazo. Era la época en que «científico» y «verdadero» eran considerados sinónimos. No saber nada acerca de la paternidad parecía lo más «equivocado» y primitivo que se pudiese concebir. Aunque hubo informes anteriores de pueblos que no sabían nada acerca de la paternidad, el trabajo de campo de Bronislaw Malinowski en las islas Trobiand justo después de la Primera Guerra Mundial proporcionó las primeras informaciones relativamente fiables. Comienza a surgir la auténtica complejidad de intentar comprender qué «saben" otros pueblos. Los primeros informes no eran válidos porque muchos de los investigadores de campo no hablaban la lengua de los pueblos
que estudiaban lo bastante bien como para comprender las metáforas y alusiones utilizadas por los informantes. Así, los antropólogos no podían informar correctamente acerca de lo que los nativos «sabían». Incluso aunque Malinowski hablaban la lengua trobiandesa con fluidez, estaba influido por los
estudios anteriores. Sin embargo, la información que propocionó nos introdujo en una nueva era en la que las ideas sobre la concepción y el crecimiento fetal están inextricable mente ligadas a la definición cultural de la naturaleza humana.
Los antropólogos todavía discuten si los trobiandeses tradicionales «conocían» la concepción física. Sin duda se daban cuenta de la relación entre la sangre menstrual y el embarazo, pero parecían no tener una doctrina específica sobre el asunto. Le dijeron a Malinowski que el cuerpo del bebé se forma a
partir de sustancias físicas aportadas solamente por la madre, y que el padre no realizaba ninguna contribución física al cuerpo del bebé (Malinowski, 1929). Como los hua, los trobiandeses creían que la madre reforzaba su propia sustancia en el niño a través del amamantamiento. Malinowski relacionaba
estas nociones directamente con el principio trobiandés de descendencia matrilineal, es decir, heredaban propiedad, oficio, rango y magia de su madre, o más bien del hermano de ésta, que era su pariente varón más próximo. Los trobiandeses creían que sólo la madre estaba involucrada en la procreación, porque su creencia respaldaba sus principios de organización social. 0 por lo menos decían que lo creían. Cuando eran presionados por Malinowski sobre el asunto de la paternidad, o sus vecinos de Dobu les tomaban el pelo, daban signos de intensa turbación, dando la impresión de que estaban «intentando mantener incondicionalmente una postura en la que tenían que creer» (Lee, 1950).
Cuarenta años después del trabajo de campo de Malinowski, descendientes de los trobiandeses que él estudió dijeron a la antropóloga Anette Weiner que conocían los hechos científicos sobre la concepción, y que los atrasados que creían que los hombres no tenían nada que ver con la concepción estaban todos muertos. Sin embargo, Weiner (1976) también encontró que volvían a las viejas creencias cuando era conveniente. Las mujeres podían afirmar que la magia las había dejado embarazadas cuando no deseaban confesar un adulterio, afirmación que nadie discutía. La verdad científica tenía su lugar, pero la verdad mítica tenía otro bastante reverenciado. El problema saber si ésta era su posición desde el principio.
Algunos pueblos de los que se dijo que no entendían la función del hombre en la procreación cuentan la descendencia por línea masculina, por lo que parece ser más difícil explicar estos bebés sin padre que entre los trobiand matrilineales. Algunos grupos australianos citaban conexiones míticas entre el hijo y las sustancias religiosas asociadas con el padre. En realidad, en algunas partes de Australia, una persona se decía descendiente de la madre y de la entidad religiosa llamada tótem, que estaba asociada con el padre.,

Los aranda de Australia llaman a cualquier pieza del  ceremonial que es considerada sagrada un tjurunga. También dicen que el “otro cuerpo” de una persona sobrevive y resucita en un tjiurunga. Los aranda explican que durante la recolección diaria de alimentos, una mujer puede sentir un repentino dolor en su abdomen. Ella fija su consciencia de su embarazo en este suceso. Muestra a su marido el lugar exacto donde sintió el dolor. Él, con la ayuda de los ancianos, recuerda la historia oral de su grupo. Recuerdan a un antepasado del marido de la mujer que estaba asociado al lugar. La gente dice entonces que el antepasado causó el embarazo, bien entrando en el cuerpo de la para reencarnarse, o lanzando un tjurunga de forma que entre en el cuerpo de la mujer. Es el antepasado y el tjurunga quienes dan la vida, no el marido. El bebé por lo tanto  "desciende" directamente de ese antepasado.

Por ejemplo, un hombre llamado Urbala y su mujer vivían en una zona en la que existía una gran roca (Stre 1947). El mito decía que uno de los antepasados de Urbala había vivido en ese lugar, y cuando murió fue convertido en esa roca. Una noche, el antepasado salió de la roca y visitó el campamento de Urbala (Urbala soñó su visita de forma muy clara). Cuando Urbala fue a cazar a la mañana siguiente, su antepasado muerto (e invisible) fue con él. Cuando volvieron tras una afortunada, la esposa, Kaltia, los vio a ambos a distancia, el antepasado se desvaneció cuando se acercaron, y Urbala estaba solo. Cuando Kaltia comió un trozo de carne de la caza, se puso enferma. Cuando, al día siguiente, pasó al lado de la roca, vio a un hombre con una banda blanca decorada alrededor de la frente. El hombre llevaba un bastón de caza y un tjurunga Lanzó el tjurunga a Kaltia, que sintió un dolor en el vientre. Cuando volvió a casa y le contó su experiencia a su marido, ambos supieron que había concebido un hijo.

 

Actitudes sobre los hombres y la reproducción

Una vieja broma de la Marina -ahora considerada estúpida y sexista- hablaba de un marinero que pidió una semana de permiso porque su esposa iba a tener un bebé. Su oficial se lo negó: «Creo que el marido es necesario para poner la quilla, pero no en la botadura». Aunque los hombres son importantes en la crianza de los niños -lo que llamamos socialización y enculturación en-, su contribución a la dimensión biológica de la reproducción es mucho menos obvia y ocupa menos tiempo que la contribución de las mujeres.

Los varones de muchas sociedades intentan «demostrar» que ellos, igual que las mujeres -o incluso en lugar de ellas-, hacen bebés. En muchos lugares existen medios rituales o de otro tipo para realzar la importancia de los hombres en el proceso reproductivo. Como vimos anteriormente, algunos varones de Nueva Guinea intentan simular la menstruación haciendo que sus penes sangren. Entre los mehinaku, se supone que los cuerpos de los hombres transforman ciertos alimentos en semen y otros en heces. Los alimentos productores de semen, especialmente los feculentos, como la mandioca, son los cultivados por mujeres. El alimento que los hombres producen -carne y pescado- se dice que forma las heces. Los hombres cuecen medicinas especiales que son ingeridas ritualmente por los muchachos pubescentes para asegurar que los chicos producirán semen. La gente de gran parte de Nueva Guinea cree que los hombres no solamente tienen una parte activa en el hecho de embarazar a las mujeres, sino que también son responsables de convertir a los chicos en hombres con semen, una creencia sobre la que hablaremos más abajo, al tratar la homosexualidad.

La costumbre de involucrar al padre de forma más directa en la reproducción -y darle a él más méritos por lo que está haciendo su esposa- se llama covada, Desde el punto de vista de algunas mujeres, la covada es una forma que los hombres utilizan para imponerse en el proceso de embarazo y nacimiento, allí donde no poseen una función natural. En algunas formas de covada, el padre debe observar todos los tabúes alimenticios de la madre; si no lo hace, el bebé puede resultar dañado. En otros lugares, el padre se mete en la cama cuando su esposa da a luz, y a veces es más mimado y apartado que ella. Entre los wogeo, en una isla en la costa de Nueva Guinea, los hombres cuya esposa está embarazada dicen que sufren tantos marcos matinales como ellas; se cansan fácilmente y tienen que evitar las actividades fatigosas, como la caza y la lucha. Aunque los padres en muchas sociedades están excluidos de los procesos concretos de nacimiento, muchos hombres cuentan enternecedoras historias sobre los sentimientos que experimentaron cuando nacieron sus hijos. Su importancia recibe el reconocimiento que se, merece durante la crianza de los niños: los hombres son importantes como padres.

 

SEXUALIDAD NO REPRODUCTIVA

 

Sexo como diversión

La sexualidad es importante en muchos más contextos que en el de la procreación. Los indios mehinaku de Brasil tienen un dicho: «El buen pescado acaba aburriendo, pero el sexo siempre es divertido» (Gregor, 1985). Muchos pueblos del mundo -probablemente la mayoría- estarían de acuerdo con ellos. Las personas a veces desean que su sexualidad no acabe en procreación. Durante milenios, han puesto en práctica métodos anticonceptivos de barrera, métodos que suponen colocar una obstrucción física, como diafragmas o condones, en el camino del semen, de forma que la mujer no quede embarazada. Se han colocado vinagre o zumo de limón en la vagina; han utilizado tampones cervicales de hojas de cocaína; han probado con esponjas. Muchos utilizaron métodos de ritmos; muchos otros, formas de sexualidad sin coito. El aborto, el infanticidio y rezar mucho tienen una larga historia.
En nuestra sociedad, tanto el sexo marital como el no marital pueden ser expresamente separados de la procreación, aunque con frecuencia no sucede así. A pesar del hecho de que muchos métodos anticonceptivos eran conocidos desde épocas muy antiguas, existen muchos prejuicios religiosos y políticos contra ellos, por ejemplo en los Estados Unidos (en muchos estados era ilegal vender anticonceptivos), donde empezaron a ser utilizados ampliamente sólo tras la Segunda Guerra Mundial, o en España hasta hace muy poco tiempo. El aumento de la disponibilidad de los anticonceptivos fue un importante factor que llevó a la libertad y «permisividad» de la cultura occidental en la década de los sesenta.

 

Homosexualidad

Muchos pueblos del mundo no tienen un vocablo específico para lo que los occidentales llaman homosexualidad. En realidad, la palabra comenzó a ser utilizada sólo a fines del siglo pasado, al menos en inglés. Las opiniones sobre la homosexualidad tienden a estar formadas por las interrelaciones culturales entre las variables con las que comenzábamos capítulo:

Podría parecer que en la medida en que la homosexuales un problema, es un problema de definición del género. Mombasa, como veremos, el género está determinado únicamente por el sexo. En Occidente, el género está determinado en parte por la sexualidad. Puesto que tendemos a pensar términos binarios (lo que significa que si no eres una cosa tienes que ser la contraria), carecemos de una tercera opción. Algunos grupos indígenas americanos disponen una categoría especial, que los antropólogos tradicionalmente denominan con el término francés berdache, para los hombres homosexuales que eligen dedicarse a papeles de género femenino (Williaras, 1986).
Mombasa es una ciudad árabe de la costa este de África. Aproximadamente el diez por ciento de sus habitantes son homosexuales, pero puesto que la gente va y viene entre estilos de vida homosexuales y heterosexuales, un número mayor de personas, en un momento o en otro, han vivido como homosexuales (Shepherd, 1987). En Mombasa, solamente el sexo determina el género. La gente puede vivir parte de sus vidas como lo que los occidentales llaman homosexuales, pero ni su sexo ni su género son sacrificados por este hecho, y ni siquiera están conectados con él. El género no es la consideración básica para determinar el estatus social; es el rango lo que realiza esta función.

En Mombasa, tanto un hombre como una mujer pueden establecer una relación homosexual que mejore su posición económica y social. Las parejas homosexuales masculinas frecuentemente consisten en un hombre más joven pobre y un hombre rico de mayor edad. El más joven y más pobre es casi siempre el compañero pasivo, pero su posición social tiene que ver tan poco con esta pasividad como el género. Se deriva de su rango social, que se establece a partir de una combinación de riqueza, linaje árabe y piedad musulmana. El rango es la consideración primordial cuando se arreglan los matrimonios se determinan las lealtades y se decide «quien hace los recados y quien se sienta y espera» (Shepherd, 1987).

Muchos muchachos de Mombasa tienen sus primeras experiencias homosexuales alrededor de los doce años. La mayoría tienen luego aventuras heterosexuales y luego se casan. Pero algunos de estos chicos se prostituyen homosexualmente y ganan mucho dinero antes de casarse; unos cuantos nunca se casan. Los hombres que viven como homosexuales prefieren pasar la mayoría de su tiempo en mutua compañía, pero nunca viven juntos.

Las lesbianas de Mombasa son mujeres que pueden ser solteras, casadas, divorciadas o viudas. Las mujeres forman grupos pos que se reúnen regularmente, a veces con entretenimientos caros y elaborados. Estos círculos están compuestos por mujeres ricas y sus amantes más pobres y generalmente más jóvenes. Las mujeres más jóvenes eligen estas relaciones al menos en parte porque no pueden encontrar un hombre que les proporcione el mismo grado de seguridad y lujo.

En la sociedad de Mombasa, las mujeres se casan muy jóvenes. Los matrimonios son arreglados, y ellas no tienen posibilidad de elección, o muy poca. Desde el momento en que las propiedades de una mujer casada son siempre y necesariamente administradas por su marido, una mujer que tiene propiedades y quiere administrarlas por sí misma debe ser divorciada o viuda. El divorcio es mejor porque así los hermanos de su marido no tienen posibilidad de reclamar. Si se volviese a casar, perdería el control a manos de su nuevo marido. Si no quiere vivir sola, puede entablar una relación lesbiana. A diferencia de los hombres, las mujeres normalmente viven juntas.
En la sociedad de Mombasa, tener un gran número de personas dependientes te convierte en una persona muy apreciada. Desde el momento en que estas mujeres tienen un gran número de personas dependientes, son admiradas tanto por hombres como por mujeres. En resumen, algunas personas realizan elecciones homosexuales para poseer lo que definen como las mejores cosas de la vida. En la sociedad de Mombasa se reconoce que las uniones homosexuales proporcionan una forma de mejorar la situación económica personal. Se consideran normalmente como relaciones patrono-cliente con una dimensión sexual.
Los bucaneros del Caribe de los siglos xvi y XVII proporcionan un ejemplo de una sociedad formada por un único sexo. No hay datos de mujeres sirviendo como tripulantes en un barco pirata. La mayoría de los piratas rechazaban la heterosexualidad incluso cuando en los puertos había prostitutas disponibles. Las mujeres capturadas rara vez eran utilizadas sexualmente, sino que más bien se las capturaba para pedir rescate. En las fuentes aparecen muy pocos casos de violación. Los piratas vivían en una situación en la que la heterosexualidad no era la norma: vivían una vida, por elección o por rapto, que aborrecía tanto las reglas sociales como a las mujeres. Algunos de los piratas preferían a los muchachos, la mayoría de ellos raptados como compañeros. Los muchachos capturados tenían que aprender las tareas de marinero y podían ser entrenados por un único marinero. El marinero supervisor le tomaba mucho cariño a su muchacho, y podían comer y dormir juntos. El marinero experimentado podía proteger al más joven de los demás miembros de la tripulación y darle parte del botín. La institución del matelotage, un lazo entre un bucanero y otro hombre en una relación con características claramente homosexuales, estaba bastanté extendida. El matelot era un criado, en la mayoría de los casos un hombre que había vendido sus servicios por un número concreto de años; ocasionalmente el matelot se compraba como esclavo. Heredaban sus propiedades entre sí, y a veces compartían formalmente la propiedad. Existen registros escritos de tal copropiedad. Una excelente ilustración del matelotage es la historia del
conocidísimo pirata LeGolif. Cuando se casó con una mujer importada a Tortuga por un gobernador español (alrededor de 1665), su matelot, Pulverin, se trastornó. Posteriormente, Pulverin reclamó su derecho a compartir las propiedades de LeGolif, incluyendo la esposa. Sin embargo, Pulverin no quería compartir a LeGolif con una mujer. De regreso de una incursión, LeGolif envió a Pulverin a tierra para notificar a la esposa que había regresado. Pulverin la pilló en la cama con otro hombre, los mató a ambos y desapareció. LeGolif cayó en un profundo duelo, pero no por su esposa, sino por el matelot (Burg, 1983).
                           
En Nueva Guinea, la homosexualidad ha adquirido significados que van más allá de la simple idea de preferencia sexual que tiene en nuestra propia sociedad. Aunque sabemos poco acerca de la homosexualidad femenina en Nueva Guinea, sabemos que la homosexualidad masculina es un fenómeno complejo asociado con el hecho de convertir a los muchachos en hombres, con el intercambio económico y el prestigio, y con la reestructuración y el reforzamiento ritual del mundo social.
Mientras que las culturas occidentales también exigen que los muchachos sufran una separación de sus madres como parte del establecimiento de su género masculino, la experiencia neoguineana es mucho más extrema. Algunos pueblos de Nueva Guinea creen que los chicos deben ser separados de la influencia no sólo de sus madres, sino de toda feminidad. Los varones no pueden convertirse en «hombres» hasta que tenga lugar esta ruptura. Unos cuantos grupos de Nueva Guinea también parten de la idea de que los hombres no crecen y se desarrollan de forma natural hasta el punto de producir semen. Son los hombres de más edad los que implantan el semen de forma que los muchachos sean capaces luego de producir el suyo a partir de esta semilla. Esto significa que los hombres son, en cierto grado, responsables del crecimiento de los muchachos (y en sentido metafórico tienen poderes reproductivos análogos a los de las mujeres).

La cuestión se complica más cuando, en algunas sociedades neoguineanas, esta homosexualidad se combina con el matrimonio basado en el intercambio de hermanas. El hermano más joven de una esposa se convierte en el compañero del marido, que es personalmente responsable de él. En algunas etapas de su vida, el marido tiene relaciones sexuales tanto con su esposa para darle hijos como con su hermano más joven, para darle el semen que lo llevará a una plena edad adulta.

Otra idea que encontramos en Nueva Guinea es la caracterización del semen como un regalo, En algunas de estas sociedades, es (o era) el regalo más preciado que se podía ofrecer. Puesto que la reproducción era la mayor meta, el regalo de semen representaba un don de la esencia espiritual de un antepasado (Schwimmer, 1984). La práctica de la homosexualidad ritual comentada antes se solapa con esta área de donación ritual. El comercio de «bienes» culturalmente establecidos convertía a los hombres en lo que la literatura antropológica llama «big men». Cuando los misioneros y los oficiales gubernamentales australianos comenzaron una campaña contra estas prácticas, se encontró un sustituto para el regalo de semen. Pronto empezó a tener lugar el matrimonio por intercambio de regalos o precio de la novia. La idea importante es que tanto la homosexualidad como la heterosexualidad pueden ser dotadas de significados que tienen poco o nada que ver con la procreación (Herdt, 1984; Lindenbaum, 1987).

 

GÉNERO

Las diferencias biológicas entre «macho» y «hembra» -el sexo- se determinan en el momento de la concepción y dependen de si está presente en la herencia genética del individuo un cromosoma X o uno Y. Las diferencias entre masculinidad y feminidad son culturales. El género son los papeles y atributos que son asignados a un sexo o al otro. El género se forma y se exhibe de nuevo todos los días. En muchas áreas del mundo, se sitúa en un entorno cultural en el que las asociaciones tradicionales entre sexo y género han sido desafiadas y están cambiando.

Es perfectamente posible -de hecho es normal- estar satisfecha por ser una mujer, pero estar indignada por lo que se consideran limitaciones en los papeles de género que están culturalmente adscritos a las mujeres. Asimismo, también es posible, pero quizá no tan común, alegrarse de ser un hombre, pero estar resentido por los requisitos culturales de la masculinidad, especialmente la necesidad de ser agresivo. Cada uno de nosotros tiene una identidad de sexo y una identidad de género. Cuando ambas no encajan tan bien como nuestros preceptos culturales dicen que deben hacerlo, podemos tener problemas de tensión; podemos estar furiosos y volver esta rabia contra nosotros mismos o contra la sociedad.

Incluso los expertos a veces confunden sexo y género. Nadie hasta el momento ha resuelto científicamente de qué forma ser femenina se relaciona con ser mujer, o cómo ser masculino se relaciona con ser hombre. Tradicionalmente, se asumía que algunos papeles culturales se asignaban a uno de los sexos porque éste era el «naturalmente» designado para realizarlos. Sin embargo, la mayor parte de la cultura moderna puede ser utilizada tanto por un sexo como por el otro, y esto es válido tanto para las azadas como para los biberones. La complejidad cultural dificulta la cuestión del género.

Como señalamos más arriba, todavía no hemos resuelto de forma satisfactoria dónde termina el sexo y comienza el género. De un modo general, la gente resuelve este problema por medio de definiciones artificiales. Algunos sostienen que las diferencias de sexo incluyen diferencias de comportamiento. Si hacemos esto, debemos entonces definir qué porciones del comportamiento son masculinas y cuáles femeninas, y alguien que tenga un punto de vista diferente nos llevará la contraria. Esta aproximación se reduce a «la biología es el destino», incluso cuando el «destino» es fuertemente discutido. Otras personas sostienen que las únicas diferencias entre las capacidades masculinas y las femeninas son sus actividades en la procreación, y en todo lo demás son iguales, incluso idénticos. Ambas posiciones obvian la mayoría de los problemas. Incluso plantear los problemas de forma lo bastante clara como para ser solucionados es una tarea difícil.

Exactamente de la misma forma en que nos hacemos etnocéntricos a medida que aprendemos la cultura, nos volvemos también generocéntricos. En los hospitales estadounidenses a los bebés se les ponen pulseras de identificación al nacer. El color de la pulsera es diferente para niños y niñas. Cuando las enfermeras de la maternidad hablan a las niñas, alzan el tono de voz: hasta un tercio más alto que cuando hablan a los niños. Estudios muy minuciosos muestran que las enfermeras manejan a los niños con más energía que a las niñas, y postulan que esta diferencia proporciona a los niños la experiencia de un mayor movimiento, Todo el mundo, inconscientemente, trata a los miembros de un sexo de forma diferente a los del otro.
Por lo tanto, así como el etnocentrismo es natural pero debe ser superado en interés de la sociedad global, también el generocentrismo es natural, pero debe ser vencido. El generocentrismo está basado en (1), nuestras experiencias de ser mujer u hombre y nuestras reacciones ante la forma en que la gente nos trata, y (2), lo que nos enseñan y cómo nos lo enseñan, dadas las posiciones sociales y situaciones en las que nos encontramos. Que los hombres no entiendan a las mujeres o viceversa parece tener que ver con la experiencia del género, no con su sexo (pero esta afirmación puede ser discutida y necesita ser redefinida y estudiada)

La gente tiene opiniones, la mayoría intuitivas y derivadas de sus vivencias, sobre el género. Aprendemos muy pronto a decir «Los hombres son así y así», o «Las mujeres hacen esto y lo otro», y luego modelamos nuestras percepciones de hombres y mujeres sobre estos estereotipos. Aunque estas opiniones estereotipadas con frecuencia son erróneas, sin embargo son muy poderosas.

 

Masculinidad y feminidad

Una de las mejores maneras de comenzar el proceso de diferenciar el sexo del género es darse cuenta de que todos nosotros tenemos que realizar dos ajustes. Tenemos que ajustarnos al hecho de ser del sexo del que somos. Y también tenemos que acomodarnos a ser del género del que somos. No es lo mismo.

La identidad sexual incluye saber de qué sexo somos y estar en paz con ello. Antes de los dieciocho meses de edad, como hemos señalado en el capítulo 2, un bebé sabe si es niño o niña. Antes de este momento, lo que algunos pediatras llaman «el sexo de asignación» puede ser cambiado sin excesivas dificultades para el niño (aunque los padres pueden encontrar tantas dificultades que el bebé tiene pocas posibilidades de ajuste). Existen muchos casos de anormalidades hormonales, algunos bebés nacen con genitales externos dudosos, y hay casos de anormalidades cromosómicas. En tales casos, el sexo del bebé debe ser decidido generalmente por los médicos, También tenemos algunos casos de errores médicos, como la circuncisión mal realizada (a veces la situación se «corrige», algo con cirugía y tratamiento hormonal). Es decir, un bebé nacido indiscutiblemente varón puede ser, tras un error quirúrgico, convertido en una especie de mujer. Aunque estos estudios son controvertidos y frecuentemente cuestionados, parece que un bebé puede crecer hasta llegar a ser un miembro operativo de cualquiera de los sexos al que sea asignado (Gregor, 1985; Money y Ehrhardt, 1972). En resumen, la mayoría de la gente no tiene especiales dificultades con su identidad sexual, con el hecho de ser del sexo que son.

Sin embargo, todo el mundo tiene al menos alguna dificultad con la identidad de género. La identidad de género tiene que ver con la posición social y las tareas culturales que le son asignadas a una persona sobre la base de su sexo. Incluye características de personalidad que se cree que son masculinas o femeninas. Así, al ajustarse a su género, las personas se ven enfrentadas con el hecho de reprimir más o menos aspectos de su personalidad con el fin de encajar en el patrón cultural. La identidad de género se forma más tarde que la identidad sexual: está formando hacia los cuatro o cinco años, pero (a diferencia de la identidad sexual) tiene que ser revisada y reforzada durante toda la vida.

Cada persona tiene que reprimir lo que encuentra en sí misma que está culturalmente definido como un atributo del otro género. En algunas sociedades, las ceremonias de iniciación para los muchachos aspiran específicamente a extirpar toda identificación con lo femenino. Ya Confucio hace mucho tiempo, y Freud mucho más recientemente, descubrieron que hay atributos tanto de lo femenino como de lo masculino en todos nosotros. Esto no significa necesariamente, como algunos expertos quieren, que haya atributos del hombre y de la mujer en todos nosotros. El asunto depende en parte de si se incluyen comportamiento y habilidades especiales en la definición de hombre o mujer, o se limita esta definición a la fisiología.

La represión de las cualidades del sexo opuesto raramente se consigue completa e inequívocamente. La sensación de culpa por esta incapacidad puede dejar cicatrices, y el coste personal puede ser abrumador. Sin embargo, puesto que el coste personal generalmente ha sido hundido en el inconsciente para evitar el dolor, podemos incluso no reconocer el comportamiento originario que estamos intentando borrar.

En la mayoría de las sociedades, y casi en todas las épocas históricas, las presunciones culturales sobre lo que es femenino y lo que es masculino raramente se ponían en duda. En nuestra sociedad, sin embargo, esta cuestión se ha convertido en el centro de muchos asuntos económicos y culturales, así como familiares y de parentesco. Las cualidades que son culturalmente asignadas a ambos sexos son vigorosamente discutidas en la actualidad, Tenemos que tratar este asunto, incluso aunque los resultados nos parezcan confusos.

 

Género y papel social

En todas las sociedades, el género es un criterio primario para la asignación de papeles sociales. Hay dos cosas inequívocas: en primer lugar, los papeles procreadores y reproductores de los dos sexos son diferentes (esto puede ser alterado o no en el futuro); en segundo lugar, la mayoría de las asignaciones de papeles económicos, políticos y religiosos tiene un componente de género que puede cambiar con las necesidades y demandas culturales.

La base es simple: las mujeres son las madres. La evidencia de las sociedades humanas es abrumadora: las madres cuidarán de sus hijos, y lo harán al precio de grandes sacrificios si no hay nadie que las ayude. ¿Quién más cuida de los niños? Depende en gran parte de las ideas de la cultura y del patrón familiar. En culturas en las que la relación marido-esposa forma la base de la familia, el padre de los niños puede ayudar. En muchos lugares, es la madre de la madre u otro pariente materno. La madre del padre u otro pariente paterno colabora en algunos lugares. Otros niños, generalmente pero no siempre hermanos o hermanas del bebé, pueden ser requeridos como ayuda. En algunas sociedades antiguas, los esclavos a veces cuidaban de los bebés, actuando incluso como nodrizas. En el mundo actual, algunos de estos servicios pueden ser contratados. Es posible contratar a personas individuales si existe un mercado; si existe la posibilidad de hacer negocio, instituciones especializadas venden servicios como pañales, alimentos infantiles, jardines de infancia, parvularios y escuelas.
Hasta estos tiempos tan recientes, el hecho de que las mujeres pariesen a los niños quería decir que también tenían que criarlos. Antes de la invención del biberón y de la distribución general de anticonceptivos, las mujeres estaban constantemente atadas por los embarazos y la crianza. Así, estaban limitadas para tratar de hacer algo más, excepto si renunciaban al sexo y a la familia. Desperdigadas por la historia pueden encontrarse raras excepciones, como la novelista francesa Georges Sand o la pianista alemana Clara Schumann (que sin embargo tuvo siete hijos).

Los hombres son los padres. Ser padre supone apoyo -no sólo material- para la madre y los hijos. También supone educar a los jóvenes. Podemos preguntarnos si los padres pueden hacer lo que generalmente hacen las madres cuando éstas no lo hacen o no pueden. En la cultura de los biberones, alimentos infantiles y servicios de pañales, los hombres pueden atender a las necesidades de los bebés. En ausencia de tal cultura, es dudoso que puedan hacerlo, dejando de lado el hecho de que quieran. Aunque algunos machos de primates no humanos protegen a las crías y a veces juegan con ellas, ninguno puede cuidar de crías no destetadas,

La crianza de los hijos se ajusta en todas partes al tipo de trabajo que hacen las mujeres. Uno de los triunfos de la antropología feminista de los años ochenta fue hacernos comprender que la crianza de los hijos no está basada directamente en la biología, sino más bien en las interpretaciones culturales de la biología. No hay criterios biológicos previos para la asignación de características de género o trabajos (Collier y Yanagisako, 1987).

Las distinciones de género han sido frecuentemente discutiddas, en general más por mujeres que por hombres, aunque también a veces por éstos. Este rechazo era considerado por la mayoría de los hombres y por muchas mujeres como disparatado o neurótico hasta hace relativamente poco. La gente pensaba -y muchos todavía lo sostienen- que las diferencias de género eran una parte integral de las diferencias de sexo. Las mujeres probablemente no son más sensibles que los hombres, pero les han enseñado a expresar su sensibilidad abiertamente. Los hombres no son más racionales que las mujeres, a pesar de que se les dijo tal cosa desde la más tierna edad.

Dentro de nuestra propia cultura, los hombres como grupo realizan mejor algunas pruebas (matemáticas, ir de un lugar a otro), mientras que las mujeres como grupo realizan mejor otras (habilidades verbales de lenguaje y escritura; explicar con palabras cómo van de un lugar a otro) (Maccoby y Jacklin, 1974, pero ver Nielsen, 1990). No sabemos si estas diferencias son genéticas o si se enseñan y se aprenden culturalmente, pero sabemos que si la cultura estuviese organizada para sacar ventaja de los talentos específicos de cada cual, esta cuestión sería irrelevante.

Discutiremos detalladamente la división del trabajo según el género en el capítulo 6. Aquí señalaremos que cuanto más desarrollada tecnológicamente está la cultura, menos importante es el sexo de la persona que la utiliza, especialmente para actos que deben ser claramente aprendidos. Es cierto que los hombres son más fuertes que las mujeres; pueden levantar y mover veinte kilos, sin especial fatiga. Las mujeres pueden hacer lo mismo con aproximadamente quince kilos, y tienen más resistencia que los hombres. Pero pocas personas en la cultura desarrollada actual tienen que realizar tales levantamientos repetidos cuando existen ascensores y carretillas elevadoras. Sabemos que en muchas sociedades prealfabetas las mujeres cargan pesos mucho mayores que los hombres (y se agotan) porque llevar pesos está definido culturalmente como un trabajo de mujeres. ¿Qué es «equitativo» en cualquier división del trabajo? ¿Por qué la cultura no está organizada de forma que se aprovechen las habilidades de todos?

En todas partes, las mujeres son lo que puede llamarse el género de respaldo. Es decir, cuando nadie más hace un trabajo, lo hacen las mujeres. En muchos casos esta posición puede serles impuesta por la cultura. Muchas mujeres lo hacen «porque hay que hacerlo y nadie lo está haciendo». Las mujeres en la actualidad están trabajando duramente para superar esta dimensión de su preparación y para cambiar las actitudes culturales por una imagen más positiva de sí mismas.

Las mujeres siempre han trabajado. Muchas (quizá la mayoría) tienen pocas elecciones sobre el trabajo de mantenimiento: tienen que hacerlo para ayudar a la manutención de la familia. Cuando los hombres no pueden hacer lo que tienen que hacer, las mujeres los sustituyen. Incluso cuando trabajan en la agricultura, como camareras, abogadas o cambiando sábanas en un hotel, las mujeres como madres y esposas tienen que volver a casa y trabajar en este segundo turno. La situación es análoga a la familia como institución de respaldo general. Cuando ninguna institución realiza este trabajo, la familia lo hace porque tiene que hacerse. Obviamente, no sabemos si esto es natural. Pero, mientras sigue la investigación de campo, ésta parece ser la forma en que funciona.

 

Sexo, género y poder

El impulso sexual tanto en hombres como en mujeres es activado por los andrógenos, las llamadas hormonas del sexo masculino. El impulso agresivo en ambos sexos es activado por la adrenalina; los andrógenos incrementan la influencia de la adrenalina. La conexión entre sexo y poder es por lo tanto básica. A veces sexo y poder incluso se confunden. El generocentrismo medra a partir de esa confusión. Ambos sexos pueden hallar poder en su sexualidad. Para algunas mujeres, en ciertas circunstancias, meter a un hombre en su cama proporciona una sensación de gran poder. Mata Hari, una famosa espía alemana durante la Primera Guerra Mundial, desarrolló así su carrera. El género también puede ser utilizado como una estrategia de poder. Una vez, en una
conferencia, vi a un cortés y anciano abogado sureño comenzar a exponer su desacuerdo con una joven abogada diciendo: «Odio no estar de acuerdo con una dama tan encantadora, pero ... > La joven lo interrumpió: «Que quede claro que pienso utilizar todas las ventajas que tengo». El cortés caballero sureño no expresó en voz alta su desacuerdo.
Los hombres frecuentemente sienten el éxito sexual como poder. A veces, algunos hombres confunden sexo con agresión La violación es más un asunto de poder que de sexualidad. Para muchos hombres algunas veces, y para ciertos hombres transtornados siempre, obtener poder parece ser la principal finalidad de la sexualidad. La violencia sexual masculina contra las mujeres surge de esta clase de confusión entre sexo y poder.
La gente poderosa, tanto hombres como mujeres, generalmente tiene amplias posibilidades de elección de compañeros y de prácticas sexuales. Pueden utilizar el sexo para incrementar su poder. Los menos poderosos pueden utilizar el sexo como un recurso para obtener al menos algún poder.

 

SEXISMO

El sexismo es la confusión de sexualidad, género y poder. Como el racismo, es una clase de prejuicio que lleva a enormes desigualdades. Puesto que los dos sexos experimentan algunos aspectos del mundo de forma diferente, y puesto que el orden de los acontecimientos durante la vida de los hombres y las mujeres es diferente, cada sexo puede asumir que sus puntos de vista y especialmente su ritmo de acontecimientos vitales son naturales y correctos. Para comprender las diferencias en los puntos de vista de hombres y muj . eres que son resultado tanto del sexo como del género, hay que hacer un particular esfuerzo. Uno de los logros del movimiento feminista es poner al descubierto las ideas sobre el género, junto con las ideas sobre la violencia familiar y la discriminación en el lugar de trabajo.